¿Quién era Kircher?


ATHANASIUS KIRCHER fue un sabio jesuita alemán que representó el espíritu científico del siglo XVII. Nació en Geisa (Alemania) en 1602. Profesor de filosofía, matemáticas y lenguas orientales, se interesó por los más diversos temas del saber de su tiempo.

Fue el inventor de la linterna mágica, cartografió la Luna, las manchas solares y las corrientes marinas, ofreció hipótesis para interpretar la estructura interna de nuestro planeta, investigó el Vesubio descolgándose por su cráter, trató de descifrar los jeroglíficos egipcios, realizó experimentos de física y fisiología animal, observó la sangre al microscopio e inventó un sinnúmero de artilugios mecánicos.

Junto con Plinio, constituye el paradigma de la curiosidad científica y del gusto por el conocimiento, en cualquiera de sus formas.

jueves, 12 de junio de 2008

Ya han florecido las zinias


En estas latitudes, el final del curso escolar viene oportunamente anunciado. Primero, las calles se llenaron de vencejos, vocingleros y acrobáticos. Volando en grupos, los vemos ya perderse en lo alto cada atardecer y desaparecer en el cielo. Duermen en vuelo y hasta se aparean en vuelo. Sólo el imperativo de la reproducción les hace detenerse unos días para incubar los huevos y cebar a los pollos. Dicen, los que saben de esto, que ver una pechuga de vencejo al microscopio asombra porque rebosa de mitocondrias. No lo he visto, pero lo creo y me parece muy razonable.
Unos días después, al comenzar mayo, florecieron en azul las jacarandas. Y ahora, en plenas evaluaciones, les ha tocado el turno a las zinias (Zinnia elegans). En México, de donde proceden creo que las llaman "flores de papel" o "rosas místicas"(¿algún mexicano podría confirmarnos esto?). Las que tengo yo aquí son de tonos rosa pastel muy suaves, que se vuelven de color melocotón en los reflejos. No hay duda de que el adjetivo "elegans" las describe perfectamente. Y no sólo son elegantes, también son muy agradecidas y se pueden encontrar fácilmente en los viveros, a precios muy económicos. El único cuidado que requieren es asegurarles un buen drenaje, pues, si la tierra se encharca, aparecen hongos en las hojas y se pierden en pocos días.

Parecerá raro, pero cuando veo una zinia, pienso inmediatamente en ese otro prodigio natural que es el ojo humano. ¿Una extraña asociación de ideas? No tanto, porque el nombre del género Zinnia fue, en realidad, un homenaje que el biólogo sueco Linneo quiso hacer a uno de los profesores que le habían enseñado botánica: el alemán Johann Gottfried Zinn. El profesor Zinn murió a los 32 años, en pleno apogeo de su carrera científica. Fue, sin duda, un excelente botánico que sembró Europa de discípulos ilustres.

Pero fue, sobre todo, un gran anatomista. Por las tardes, en su gabinete de la Universidad de Göttingen, diseccionaba el ojo con tanta minuciosidad que bien poco es lo que hemos podido desentrañar luego que él no hubiera ya reconocido y descrito en su momento. Cualquier manual de oftalmología que consultemos estará lleno de nombres que hacen referencia a sus trabajos: la arteria de Zinn (que es la arteria central de la retina), el anillo de Zinn (un anillo tendinoso común donde enganchan los músculos que mueven el ojo), el círculo de Zinn (un corro de arterias de la esclerótica que rodean la entrada del nervio óptico), la zónula de Zinn (que son las fibras que sostienen al cristalino en su posición), etc. En 1765, de modo póstumo, se publicó su obra Descriptio anatomica oculi humani iconibus illustrata con todas estas minuciosas observaciones suyas.

Nos fuimos de una fascinación a otra: de la flor al ojo, del jardín botánico a la disección anatómica, lo mismo que hacía el pobre Johann cada día, para entretener los tristes inviernos en Göttingen.


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