¿Quién era Kircher?


ATHANASIUS KIRCHER fue un sabio jesuita alemán que representó el espíritu científico del siglo XVII. Nació en Geisa (Alemania) en 1602. Profesor de filosofía, matemáticas y lenguas orientales, se interesó por los más diversos temas del saber de su tiempo.

Fue el inventor de la linterna mágica, cartografió la Luna, las manchas solares y las corrientes marinas, ofreció hipótesis para interpretar la estructura interna de nuestro planeta, investigó el Vesubio descolgándose por su cráter, trató de descifrar los jeroglíficos egipcios, realizó experimentos de física y fisiología animal, observó la sangre al microscopio e inventó un sinnúmero de artilugios mecánicos.

Junto con Plinio, constituye el paradigma de la curiosidad científica y del gusto por el conocimiento, en cualquiera de sus formas.

lunes, 8 de julio de 2013

Ha salido el número 37 de Panace@



Con ilustraciones del artista sevillano Jesús Zurita, acaba de salir el número 37 de Panace@, la revista electrónica de Lenguaje, Medicina y Traducción, que puede descargarse libremente aquí en formato PDF.

Jesús Zurita Villa: de lo caduco y lo eterno 
Juan V. Fernández de la Gala 

 Jesús Zurita nació a orillas del Guadalquivir, en la localidad cordobesa de El Carpio y estudió el bachillerato en la Escuela de Arte Mateo Inurria, de Córdoba. Para cuando se publiquen estas líneas, estará ya finalizando su Licenciatura en Bellas Artes en la Universidad de Sevilla, donde ha seguido la especialidad de Conservación y Restauración. 

Ya ven que su obra se extiende con la misma soltura por el el dibujo, el collage, el grabado, la fotografía o el arte cofrade. Con gran originalidad, Zurita ha sabido fundir los temas clásicos de la imaginería religiosa andaluza con el arte de vanguardia. El resultado es una obra de destilación artística con innegables esencias cristianas que no dejará indiferente a nadie, que provocará la reflexión de creyentes y agnósticos y nos obligará a sentarnos y a pensar, no solo en la fugacidad de todo, siguiendo la mejor tradición artística de los memento mori y las vanitas, sino también en la constante renovación y regeneración de todo lo que existe. Zurita recurre con gran pericia al gouache y al grafito y reutiliza frecuentemente, como soporte expreso, viejos papeles de registros y notarías, papeles que conservan aún en su textura el trenzado de todos los olvidos, el escarabajeo de las firmas y las rúbricas, el refrendo riguroso de un sello estampado con firmeza por una mano diligente y pulcra; documentos que aguantaron luego la lentitud pantanosa de las burocracias, la triste humedad de los archivos, el asedio de los lepismas y los hongos; papeles en donde se hace constar por la presente, en el día de una fecha caduca, los términos precisos de nuestros también caducos compromisos; documentos donde se pretendía dar fe de lo perecedero con el convencimiento de que iba a ser eterno. 

Con ellos, Jesús Zurita construye palimpsestos. O quizá sean relicarios de la fugacidad. Nos cuentan que la vida se acaba, como se acabará la pompa de este mundo y, al decírnoslo, saca lo que pueda haber en él de Valdés Leal, del crudo lamento del Eclesiastés: “vanidad de vanidades y solo vanidad”. Sin embargo, de repente, igual que la alegría de la Pascua sigue puntualmente a la Cuaresma cristiana, late también en sus imágenes un profundo simbolismo teológico de la esperanza, de modo que la vida y la muerte conviven en muchas de sus obras, mezclándose y explicándose mutuamente. Hay rostros que no sabemos muy bien desde qué orilla nos miran. A imitación de El Greco, Zurita ha aprendido a conciliar lo celestial con lo terreno en un mismo escenario. En sus obras, el lento rastro del caracol coexiste con la metamorfosis efímera de la mariposa, el esplendor de los ropajes litúrgicos con la desnudez de los cristos torturados, la crudeza de la muerte y sus despojos con la alada esperanza en otro mundo. 

Aquí está su obra. Admiren la minuciosa factura y escuchen el mensaje que encierra cada imagen, porque algunas de ellas han sido hechas expresamente para este número ─el 37 ya─ de Panace@. En ellas Zurita nos habla de lo pasajero, pero también de lo eterno. Unos lo llamarán “resurrección”, otros “reencarnación”, otros samsara. Los más positivistas, sintiendo en la yema de los dedos la textura oscura y ácida del humus, dirán que es, simplemente, el flujo natural de los ciclos biogeoquímicos. Pero es la eternidad, en suma. O, al menos, el profundo anhelo que sentimos de ella. 




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