¿Quién era Kircher?


ATHANASIUS KIRCHER fue un sabio jesuita alemán que representó el espíritu científico del siglo XVII. Nació en Geisa (Alemania) en 1602. Profesor de filosofía, matemáticas y lenguas orientales, se interesó por los más diversos temas del saber de su tiempo.

Fue el inventor de la linterna mágica, cartografió la Luna, las manchas solares y las corrientes marinas, ofreció hipótesis para interpretar la estructura interna de nuestro planeta, investigó el Vesubio descolgándose por su cráter, trató de descifrar los jeroglíficos egipcios, realizó experimentos de física y fisiología animal, observó la sangre al microscopio e inventó un sinnúmero de artilugios mecánicos.

Junto con Plinio, constituye el paradigma de la curiosidad científica y del gusto por el conocimiento, en cualquiera de sus formas.
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martes, 17 de abril de 2012

Desayunar con Manuel Vicent


DESAYUNAR CON MANUEL VICENT
Juan V. Fernández de la Gala

Para muchos de sus lectores, Manuel Vicent ha quedado indisolublemente unido a los placeres del fin de semana. Su columna en el diario El País nos detiene el tiempo un momento y abre un espacio de evocación descreída y feliz, mientras desplegamos la prensa ante el paisaje lento del desayuno de los sábados. Uno la lee ─la cucharilla girando hipnótica en el mar revuelto del café con leche─ con la seguridad de que será tan nutritiva como las tostadas que se estarán enfriando inevitablemente en el plato.

Deben ser las suyas columnas corintias, digo yo, por las ideas emboscadas tras las hojas de acanto, por el fino torneado de las metáforas; que son columnas griegas es seguro, por el sabor a mar que las inunda, por el blanco de cal y la sombra amable de la parra que crece entre líneas. Son columnas memorables siempre, que justifican con creces, por sí solas, el precio que hemos pagado por el periódico. Porque, al final, tras los informes de la autopsia económica y la constatación reiterada de la desgracia global, lo que nos queda es la columna de Vicent, como una esperanza incontestable.

El escritor convocó el jueves a un público atento y fascinado en el Aulario La Bomba. Allí apareció, la canosa perilla abierta en abanico sobre el mentón, la mirada verde agua, como el mar que lame el borde de la Malvarrosa y la calva curtida en los calores de la huerta. La conversación discurrió tranquila, desgranada por la escritora Nieves Vázquez, que conoce la discreción y practica el arte olvidado de dejar hablar al otro. Vázquez sugiere la imagen y se retira discreta, se vuelve ella misma público, se queda arrobada en las respuestas, y se la ve disfrutar con cada anécdota, como los que asistimos desde la comodidad de los sillones del Aula Bolívar.

Vicent habló de los últimos ajusticiados con el garrote vil, de El verdugo de Berlanga y José Isbert, del viaje en la literatura, de su admiración por Camus o del día en que se encontró de bruces con el periodismo. Una hora de amenidad y de ironía inteligente que a todos se nos fue en un vuelo. Habló también de su último libro, Aguirre el magnífico, que ha levantado algunas ampollas en la Casa de Alba. No es propiamente una biografía, sino una caricatura al estilo valleinclanesco, escrita con un poco de tinta y un poco de vinagre, pero dejando entrever cierta admiración por alguien que supo desplegar una gran inteligencia, como sacerdote, como editor y como promotor de la cultura durante la última etapa del franquismo y a lo largo de la transición democrática.

Aguirre fue un personaje sorprendente y sorpresivo. Sobre él circularon gran número de chismes y algunas risitas cómplices, veladas tras un tú-ya-me-entiendes que realmente nadie entendía del todo. Un día de marzo, Jesús Aguirre Ortiz de Zárate se casó con Cayetana Fitz-James Stuart y se convirtió en el duque consorte de Alba. Nadie conoce las razones por las que Jesús Aguirre cambió la teología alemana y los ensayos filosóficos de Walter Benjamin por la feria de Sevilla, las jacas enjaezadas o el vermut puntual de las doce en los blandos sillones del palacio de Liria. Manuel Vicent intuye los motivos, los ensarta con gracia en la sencilla agudeza de un palillo y los deja luego flotando a su aire, como aceitunas a la deriva, en la transparencia ambarina del vermut.


ENLACES:
Catálogo de Manuel Vicent en Alfaguara.
Las columnas de Manuel Vicent en el diario El País
Biografía de Manuel Vicent en Wikipedia.

lunes, 23 de enero de 2012

Presentación del libro "Donde la hoguera verde", de Inmaculada Moreno


La colección de poemas Donde la hoguera verde obtuvo recientemente el XV Premio Internacional de Poesía Antonio Machado, que se entrega solemnemente en Baeza. Lo edita Hiperión y se presentará en Cádiz el próximo miércoles 25. Aunque Inma podría haber elegido presentadores de verdadera enjundia, me ha pedido que haga yo la presentación. (¿Estás segura, Inma?)

Inmaculada Moreno nació en El Puerto de Santa María en 1960. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y realizó sus estudios de doctorado en la Universidad de Valladolid. Ha publicado otros tres volúmenes de poesía: Son los ríos (Sevilla, Renacimiento, 1998), Poemas para sobrinos (Madrid, Hiperión, 2006) e Igual que lava oscura (Sevilla, Renacimiento, 2008). Ha traducido del alemán una selección del trabajo poético de Mascha Kaléko, que se publicará en breve bajo el título Tres maneras de estar sola: Antología poética (Sevilla, Renacimiento).

viernes, 20 de enero de 2012

Una entrevista en Radio Ecca


Lucas López es jesuita (¡como Kircher!) y dirige Radio Ecca. Lleva un programa de entrevistas dominicales llamado "Nos gusta la gente". La idea de Radio Ecca nació en los años sesenta con el propósito de ser una emisora eminentemente dedicada a la educación, a brindar oportunidades de alfabetización y de formación cultural a personas apartadas de los cauces educativos habituales. Su actividad se fue extendiendo por todo el territorio nacional y últimamente también por diversos países en vías de desarrollo. 


Con motivo del premio de artículos Enrique Ferrán, recibí hace unos días la llamada de Lucas desde la emisora de Radio Ecca en Las Palmas de Gran Canaria. Éste es el podcast de aquel buen rato. Basta hacer click en el signo "play".



El texto del artículo "El ruiseñor y el mandarín o los tres dones del arte" que se menciona en la entrevista puede leerse también íntegramente en una de las entradas de este blog, haciendo click aquí.

Lucas López SJ, director de Radio Ecca.

lunes, 2 de enero de 2012

Quisiera poner el hombro y pongo palabras



La empresa municipal de aguas de Sevilla (EMASESA) y la organización para el desarrollo INTERMÓN-OXFAM convocan anualmente el certamen de CUENTOS DEL AGUA.

Si alguno de los que pasáis por este blog sois aficionados a la literatura, animaos a participar, porque es un certamen muy peculiar, tanto en su temática como en su filosofía. Concurren al premio narraciones breves (para público infantil o para adultos) en las que el agua tiene que aparecer de algún modo, ya sea como escenario de la historia o incluso como personaje imaginario con voz propia.

La iniciativa nació ne 2008 y tuve la suerte de ser entonces el ganador de aquella primera edición. El premio llevaba consigo la publicación, en un formato muy cuidado, de la obra y la de los finalistas. Pero había otro premio añadido: una parte del dinero recaudado en la venta de los ejemplares (al precio de 10 euros cada uno) se destina a llevar agua potable a algunas poblaciones etíopes próximas a la frontera con Somalia. Es una zona donde la sequía hace estragos en las cosechas y condena a una muerte real y dramática a muchas familias en el Cuerno de África.


Hasta ahora EMASESA era la empresa municipal que llevaba el agua a los municipios sevillanos. Con esta convocatoria solidaria, será capaz de llevar agua también algo más lejos. "La historia de Risoleta y el capisayú" fue el título de aquel relato, que iba acompañado de las ilustraciones de Pilar Galán. En materia de solidaridad, las palabras casi siempre acaban en nada, pero esta vez, tengo la satisfacción de que mis palabras sí fueron eficaces, dieron de beber a los sedientos e hicieron algo más soportable la vida de otras personas. ¿Qué más puedo pedir?


Mi amigo Víctor, de Sevilla, hizo también unas ilustraciones para esta misma historia de Risoleta que a mí me parecen soberbias, como ésta que sigue o la que encabeza este post.
Creo que todavía podrían conseguirse ejemplares dirigiéndose a LA TIENDA DEL AGUA de EMASESA en sus oficinas de Sevilla. Si alguien tiene dificultades para contactar, puede poner un comentario en esta misma entrada del blog explicándolo y veré el modo de solventarlo. En aquella edición comparto el libro con los restantes relatos ganadores y finalistas: 

"La historia de Risoleta y el capisayú", de Juan V. Fernández de la Gala
"Correo saliente: 04 de octubre de 2036", de Blanca Bettschen Capa
"Desde la otra orilla", de Manuel Terrín Benavides

Para quienes se animen a participar en el certamen literario, aquí están las bases del premio. Corresponden a la convocatoria de 2011; las bases del 2012 deben ser similares y supongo que saldrán en breve.

Como se afirma en la dedicatoria, "La historia de Risoleta y el capisayú" está inspirada en hechos reales: algunas empresas arroceras brasileñas, apoyadas por políticos corruptos y sicarios a sueldo llegaron a someter a presiones y violencias a la población indígena de Raposa Serra do Sol, en el estado de Roraima, al norte de Brasil, para desalojarlos de sus tierras y convertir la selva donde vivían en un inmenso (y rentable) arrozal. Desde el blog de Kircher seguimos entonces de modo muy estrecho los acontecimientos y participamos en la campaña internacional de recogida de firmas en defensa de los pueblos indígenas de la zona. Por fortuna, el Tribunal Federal falló a favor de los legítimos habitantes de Serra do Sol.


Se ha dicho que “Risoleta y el capisayú” es una alegoría ecológica, pero les advierto que es un cuento con cierta mala uva. Para decirlo con palabras más elegantes, es un cuento con "carga social". Intenta denunciar y concienciar sobre una realidad que afecta hoy en concreto a 20.000 indígenas de las tribus macuxi, wapichana e ingaricó, en la reserva de Raposa Serra do Sol, cuyas tierras, cuyas costumbres y cuyas tradiciones ancestrales están hoy en peligro por el afán explotador de un desarrollo mal entendido, un desarrollo que prima la explotación salvaje de la tierra frente a una agricultura tradicional, respetuosa con el medio, que prima el monocultivo (el cultivo de una sola especie) frente a la biodiversidad que hoy pretendemos promover desde todos los foros científicos. Y un desarrollismo que prima, en definitiva, el beneficio a corto plazo de unos cuantos, frente a la esperanza a largo plazo de todo un pueblo.

Ahí va un fragmento de aquel relato:




" (...) Desde muy pequeños, los niños yakumariks conocen bien los animales del bosque: los que pueden cazarse y los que son peligrosos, las aves que lucen los colores más vistosos y llamativos y las que se quedan quietas, muy quietas, para que sus plumas se confundan con las sombras en la hojarasca y nadie las vea. Conocen también las frutas que pueden comerse y saben que hay algunas que no deben coger, porque podrían enfermar gravemente. Les gusta nadar en las límpidas aguas del río, imitando a las nutrias. Y van siempre juntos, para no perderse en la espesura de la vegetación. Sus padres les han enseñado a respetar al jaguar y a la anaconda, porque en la selva tiene que haber un sitio para todos y porque todo lo que respira y vive es sagrado para ellos. Así de feliz y de sencilla era la vida de los yakumariks en aquel bosque.

Sin embargo, en los últimos meses, se había oído el golpe de las hachas y el ruido de las sierras trabajando en la otra orilla del río. Los yakumariks oían primero el crujido de la madera y, luego, el  ruido apagado de los viejos árboles al caer sobre los matorrales y golpear contra el suelo de la selva. Después, para remover la tierra y allanar el suelo, vinieron las máquinas. Al principio se movían por el bosque como lentos monstruos amarillos, espantando a los guacamayos con los rugidos del motor y con el chirrido de las ruedas que patinaban en el barro. Desde la otra orilla, los yakumariks miraban todo aquello con inquietud, porque sabían que el hombre blanco iba dejando siempre tras de sí una estela de destrucción y de ruina por donde pasaba (...)"
                                                                                                
(Fragmento de "La historia de Risoleta y el capisayú", de Juan V. Fernández de la Gala)


sábado, 3 de diciembre de 2011

Jesús Aguado y las anacondas



La editorial "Vaso Roto" acaba de publicar la obra poética completa de Jesús Aguado, un autor de quien hemos dado ya referencias en este blog en anteriores ocasiones e incluso hemos colocado aquí algunos de sus ingeniosos haikus o breves deslumbramientos poéticos al estilo japonés.

Con Jesús he compartido lecturas, viajes y largas conversaciones, sedentarias o peripatéticas, pero siempre siempre nutritivas. Mi primer acercamiento serio a la poesía lo hice bajo su tutela y la de Chantal Maillard. De sus textos me encandiló siempre su capacidad para bromear en verso. Yo, que siempre había pensado que la poesía pedía modos afectados y serios, quizá porque todavía no conocía a Benedetti y Quevedo me pareció siempre una excepción. Jesús me enseñó que no era así en absoluto y que no hacía falta poner voz hueca ni cara de juegos florales para elaborar la carpintería de los versos.

Con el tiempo tuve la suerte de que alguno de sus poemas me fuera expresamente dedicado, como el de La Anaconda, que surgió de una conversación sobre reptiles una tarde de levante en su casa de Barbate. Jesús me miró de repente con los ojos brillantes, como si algo de lo que yo había dicho sobre la técnica de caza de la anaconda en los ríos amazónicos le hubiera llegado al alma. Estaba escribiendo entonces Los amores imposibles. "¿Te importa si cuento esto en un poema?", me dijo. Yo no podía entender cómo se puede convertir una simple descripción zoológica, tan ortopédica y llena de tecnicismos, en un poema de desamor, como él pretendía. Hasta que leí aquellos versos suyos que hablaban de amores despiadados, constrictores y mortalmente fríos, como la propia existencia, desconfiada y solitaria, de las anacondas. Entonces lo entendí.

Jesús Aguado me enseñó aquella tarde que los poemas viven en las esquinas y que sólo hay que andar por la vida despacito para poder verlos. Traspasarlos al papel como él lo hace requiere ya condiciones de maestría que sólo tienen algunas personas tocadas por los dioses, como Jesús Aguado. Como Chantal Maillard.


Jesús Aguado nació casi en Sevilla en 1961. Es poeta, traductor, crítico literario y director de varias colecciones poéticas. En 1990 su libro "Los amores imposibles" fue galardonado con el premio Hiperión de poesía. Ha vivido en la India, donde se interesó por las distintas tradiciones de poesía devocional y actualmente reside en Barcelona.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Vargas Llosa y Eduardo de Ory

Ilustración: Fernando Vicente, EL PAÍS

A comienzos de septiembre, el Instituto Cervantes publicó en su sede virtual este texto. Lo titulé "Vargas Llosa y la ética feliz de las mentiras", en alusión al magnífico ensayo sobre la novelística del siglo XX, "La verdad de las mentiras", que el nobel publicó en 1990 y amplió luego en 2002 con nuevos capítulos.

El diario El Heraldo de Aragón publicó también en su suplemento cultural Artes&Letras una versión ampliada de ese mismo texto.

Recientemente, la Real Academia Hispanoamericana ha tenido a bien distinguir este artículo con el premio Eduardo de Ory de periodismo 2011. 

Me ha sorprendido y alegrado mucho recibir esta misma mañana un amable correo del propio Vargas Llosa. Lo copio aquí, junto con mi respuesta. Creo que, para poder leerlo, tendrán que pulsar sobre la imagen:

¿Qué más se puede pedir? Transcribo aquí el artículo, tal como apareció en la revista electrónica Rinconete del Instituto Cervantes.

La caricatura que acompaña a estas líneas es del ilustrador madrileño Fernando Vicente, buen amigo de este blog y colaborador habitual del diario El País. No os perdáis su web ni su blog, donde aparecen sus trabajos más recientes. Sus datos biográficos pueden consultarse en este número de la revista Panacea.

Al final del texto encontrarán otro retrato del nobel, salido esta vez de la mano entusiasta del profesor Francisco Herrera, que, además de apasionado lector y experto en las relaciones entre Medicina y Literatura, es, como puede verse, un inspirado caricaturista. 

Vargas Llosa y la ética feliz de las mentiras

Por Juan V. Fernández de la Gala

Cuando era niño, a Mario Vargas Llosa le gustaba corregir las historias de aventuras que leía e inventarles finales prodigiosos, diferentes, más a su gusto. Intentaba hacer con la ficción lo que la realidad casi nunca nos permite. Lo malo fue que aquella taumaturgia literaria que usaba el niño Varguitas para enmendar de su puño y letra el destino contrariado de los personajes que admiraba, le torció también a él la vocación para los restos. Ni la obstinación de su padre, ni las estrictas reglas del Colegio Militar Leoncio Prado, lograron salvarlo de su destino de escritor.

Poco después, con sólo catorce años, tecleaba ya sus propios textos periodísticos en el diario La Crónica de Lima. Y así ha seguido desde entonces. Comprendió muy pronto que el periodismo sería la sombra inseparable de su actividad literaria, porque era el mejor modo de sentir los adoquines de la calle bajo la suela de sus zapatos, de participar, a su manera, en el parlamento popular de las esquinas, de hacer la crónica fiel del tiempo cruzando sobre los hechos cotidianos, sobre el rumor cívico de los semáforos y las cafeterías.

Por fortuna, es larga la lista de los escritores que han sabido combinar, con singular destreza, la creatividad narrativa y el periodismo de opinión. El trabajo de Antonio Machado en La Vanguardia, el de Álvaro Cunqueiro en El Faro de Vigo o el de Miguel Delibes en El Norte de Castilla, son sólo tres ejemplos, desordenados pero felices, de una fascinación que no es casual. También hoy, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez acostumbran a imprimir en papel de periódico la letra de sus pensamientos. A pesar de sus conocidas diferencias ideológicas y de sus supuestas desavenencias privadas, ambos escritores han coincidido siempre en muchas cosas. El brillo de su genio es sólo una. También lo es su defensa encandilada del periodismo como instrumento literario. Basta con degustar el verbo atrevido y transparente de sus artículos para comprobar hasta qué punto puede vestirse el lenguaje periodístico de una belleza precisa, diáfana y urgente.

Piedra de toque es el título de la columna de Vargas Llosa en el diario El País, que viene apareciendo también, desde 1992, en toda una red de publicaciones afiliadas. Y creo que no es casual que haya elegido este nombre extraño y de sonoridades arcaicas. La piedra de toque es el procedimiento que los orfebres han venido utilizando desde los tiempos remotos de Teofrasto, allá por el siglo IV antes de Cristo, para comprobar la calidad de los metales. El oro de ley, frotado sobre la piedra de toque, deja una marca que, al ojo experto del joyero o del tasador, resultará distinguible fácilmente de aleaciones fraudulentas o falsificaciones groseras.

En el mercado de las ideas que circulan por nuestro mundo, se agradecen también las piedras de toque. Nos ayudan a interpretar mejor los signos de los tiempos, la gravedad o la futilidad pasajera de nuestras perplejidades diarias; nos enseñan a distinguir el humo del fuego y el gesto de la intención. Sólo si adquirimos el hábito diligente de frotar los hechos contra la piedra de toque de la reflexión, nos mantendremos alerta frente al oropel barato de los lugares comunes o a los engañosos destellos de la demagogia.

Vargas Llosa, siempre fiel al principio unamuniano de la propia contradicción, ha sabido evolucionar ideológicamente desde el marxismo más ingenuo de su primera juventud hasta esa serenidad centradamente escéptica que alumbra hoy en su prosa. Y en el transcurso de este viaje no ha cesado de indagar, de asombrarse, de conocer, de escudriñar y de decepcionarse. De todo ello ha dejado cumplida constancia notarial en su trabajo periodístico, ya sea en forma de notas de viaje, recensiones bibliográficas, reseñas de lecturas, crónicas de actualidad o impresiones del mundo trazadas a vuelapluma o escritas con la sensatez cartesiana de la ponderación. Seix Barral y El País-Aguilar han logrado rescatar para siempre estos textos y salvarlos de la caducidad amarillenta de los quioscos. Gracias a su esfuerzo editorial, este periplo aleccionador de reflexiones y escollos que es la biografía intelectual de Mario Vargas Llosa, se ha podido recopilar en varios títulos. Contra viento y marea, Desafíos a la libertad, El lenguaje de la pasión, Diario de Irak, Israel-Palestina: paz o guerra santa y Sables y utopías, son ejemplos de un esfuerzo reflexivo por entender la realidad del mundo justo en la transición del milenio, reflexiones provechosas siempre, siempre iluminadoras, incluso para quienes no compartimos algunos de sus presupuestos ideológicos o su desencanto con las viejas utopías.

Hoy, pasada ya «la catástrofe del Nobel» —como solía decir Cajal—, Vargas Llosa conserva aún su pulcra prestancia de diplomático y esa misma sonrisa de medio lado que lucían, seductores, los viejos galanes latinos; una sonrisa que estalla fácilmente en sonora carcajada cuando la parte más afable de Mario se siente a gusto. Dicen algunos que el Nobel de Vargas Llosa ha sido más un reconocimiento a su constancia —a su «terquedad», como él mismo dice— que al deslumbramiento. Pero no cabe duda de que su palabra, ya sea escrita en letra impresa o pronunciada, con dulce prosodia cantarina, desde las más altas tribunas, tiene siempre el refrendo ético de su experiencia comprometida, de quien ha reprobado por igual el pragmatismo deshumanizado del capitalismo y los falsos eslóganes del populismo más simplista. Desde su Piedra de toque no ha dudado en criticar abiertamente, y sin eufemismos, el delirante mesianismo chavista, la dictadura embalsamada de Fidel Castro, el provincianismo de los nacionalistas radicales o esa plaga inextinguible que pudo haber sido la dinastía Fujimori en el Perú. Una voz comprometida con sus propias convicciones, que no sigue el viento cambiante de las modas y que alerta del peligro que los poderes económicos o los poderes políticos, de cualquier signo o ralea, pueden llegar a suponer para el ejercicio libre del periodismo. San Fernando, en Cádiz, fue testigo hace unos meses de la entrega a Vargas Llosa del Premio en Defensa de la Libertad de Expresión, reconocimiento que concede la Asociación Interamericana de Radiodifusión a quienes destacan precisamente en este esfuerzo. El Real Teatro de Las Cortes, un espacio que conserva aún en sus paredes aquel rumor vibrante de libertad que alentara la Constitución de 1812, fue el escenario apropiado para que el entonces vicepresidente Pérez Rubalcaba, agradeciera al nobel su curtido compromiso en este empeño.

Sin embargo, a pesar de que lleva más de cincuenta años escribiendo, hay todavía una cuestión que a Vargas Llosa le inquieta responder: cuando le preguntan si se retrata en sus ficciones del mismo modo realista y desinhibido como lo hace en sus columnas. Entonces Vargas Llosa duda, se rasca la mitad de su ceja peruana, piensa un poco, pierde un momento la mirada en el espacio que hay delante de él y luego contesta unas veces que no y otras veces que sí, y unas veces que sí y otras veces que no. Y siempre se queda con la sensación incómoda de no haber sabido responder a un viejo galimatías personal. ¿Cómo explicar que un edificio formado por el espejismo de las palabras no puede ser habitado por seres reales? ¿Cómo explicar que el orden aparente en que los hechos son narrados no es más que un artificio literario? ¿Y cómo aclarar, de una vez por todas, que la literatura es el modo más hermoso de mentir que existe, sabiendo que dentro de cada mentira de la ficción hay una verdad profunda que no podría ser formulada de otro modo?

Para Mark Twain, sin embargo, el dilema no tenía vuelta de hoja: según él, la principal diferencia que marcaría los límites entre realidad y ficción es que, al contrario que la realidad, la ficción se nos antoja absolutamente creíble. Probablemente la literatura y el arte sean los únicos territorios paradójicos en los que las mentiras alcanzan a ser las grandes maestras de la verdad. Vargas Llosa lo sabe y ha demostrado conocer muy bien los secretos atajos que las unen.

(Tomado de Cervantes Virtual. Revista literaria Rinconete, 6 de septiembre de 2011)


(Fuente de la imagen: Un grabado del Dr. Francisco Herrera Rodríguez en la obra: RAMOS ORTEGA, M.J. (2011): Discurso y celebración literaria: Cervantes hispanoamericanos. Cádiz, Real Academia Hispanoamericana. p. 8).

jueves, 8 de septiembre de 2011

Los fierros de la ortografía y la gramática



BOTELLA AL MAR PARA EL DIOS DE LAS PALABRAS

A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras. Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. 

La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. 

No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber como se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global. 

La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo "pasar" tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra "condoliente", que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aun no se ha inventado. 

A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: "Parece un faro''. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazara un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejo escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso? 

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa. 

En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. Y que de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una? 

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años. 

Gabriel García Márquez


viernes, 5 de agosto de 2011

viernes, 29 de julio de 2011

martes, 10 de mayo de 2011

Las moscas, de Antonio Machado

El ingenio del poeta es capaz de convertir en obra de arte hasta el tema más prosaico. He aquí un buen ejemplo: un poema de Antonio Machado al que Alberto Cortez puso música y que Joan Manuel Serrat supo interpretar y divulgar con su inconfundible estilo.


LAS   MOSCAS
Vosotras las familiares
inevitables, golosas
vosotras moscas vulgares
me evocáis todas las cosas.

Oh viejas moscas voraces
como abejas en abril
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil.

Moscas de todas las horas
de infancia y adolescencia
de mi juventud dorada
de esta segunda inocencia
que da el no creer en nada,
en nada.

Moscas del primer hastío
en el salón familiar
las claras noches de estío
en que yo empecé a soñar.

Y en la aborrecida escuela
raudas moscas divertidas
perseguidas, perseguidas
por amor de lo que vuela.

Yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado
sobre el librote cerrado
sobre la carta de amor
sobre los párpados yertos
de los muertos.

Inevitables golosas
que ni labráis como abejas
ni brilláis cual mariposas
pequeñitas, revoltosas
vosotras amigas viejas
me evocáis todas las cosas.
(Antonio Machado)



sábado, 15 de enero de 2011

Los justos: un poema de Borges


He conocido a algunos hombres justos, no muchos, ciertamente. A algunas mujeres justas he conocido. Más que hombres. No sé si por azar o porque ellas tienen, además de la generosidad, el don de lo ecuánime. En cualquier caso, qué suerte que ellos y ellas estén ahí para salvar el mundo de la tiranía injusta de tanta estupidez.


LOS JUSTOS



Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Vargas Llosa: la palabra agradecida y ética


Reproduzco aquí el discurso que pronunció ayer en Estocolmo Mario Vargas Llosa en la aceptación del Premio Nobel de Literatura de 2010, un premio merecido, que, desde mi punto de vista, es más el fruto de la constancia (de la terquedad, dice él) que del deslumbramiento.

Es un discurso cargado de referencias éticas, de reflexiones geopolíticas globales y, sobre todo, de amor apasionado por la literatura. Tres buenas razones para tenerlo en cuenta.

Podemos verlo y escucharlo en estos dos vídeos e incorporo también aquí un enlace al texto íntegro, descargable en pdf, que distribuye la Fundación Nobel.




domingo, 5 de diciembre de 2010

Recuerdo infantil



Una tarde parda y fría de invierno. 
Los colegiales estudian. 
Monotonía de lluvia tras los cristales.

        Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

        Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
        Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón».

        Una tarde parda y fría de invierno. 
Los colegiales estudian. 
Monotonía
de la lluvia en los cristales.

ANTONIO MACHADO

viernes, 12 de noviembre de 2010

Epitafio discreto para la i griega



El DIARIO DE CÁDIZ de hoy viernes publica (en versión impresa y digital) este comentario sobre la i griega. Agradezco al diario su acogida, pero la versión publicada corresponde al borrador, no a la versión definitiva, que es esta que se recoge aquí. El grueso principal de este texto se publicó en la revista Panace@.

Epitafio discreto para la i griega
Juan V. Fernández de la Gala

La nueva gramática de la lengua española pretende jubilar definitivamente a nuestra i griega para llamarla exclusivamente "ye". No deja de ser extraño que, si ambas denominaciones coexisten desde antiguo, cercenemos de repente una de ellas Y, sobre todo, que sea la de menor calado entre los hablantes la que prevalezca. Es estupendo que la RAE nos oriente, con su venerable prudencia, sobre correcciones ortográficas, sintácticas, semánticas o gramaticales. Los hablantes, que somos gente acomodaticia y fiel, estamos dispuestos a escuchar y a seguir su docto criterio. Pero, respecto al modo diverso en que las cosas se llaman o se dejan de llamar, a la RAE sólo le queda levantar acta notarial de lo que el pueblo soberano decida con el uso. Doña María Moliner entendió bien esta idea y, quizá por eso, su Diccionario de uso del español sigue siendo una obra estimada y consultada.

Dicen que la i griega se incorporó al alfabeto latino para que pudieran escribirse fielmente algunos helenismos. Lo hizo de forma muy tardía y, por eso, desde sus orígenes griegos como letra ípsilon, ha vivido la pobre en la cola del abecedario latino y, lo que es peor, en la ambigüedad funcional o en la perpetua crisis de identidad de quien no sabe bien si es vocal o es consonante. Quizá por eso la Y tiene mucho mérito y sabe ser conjuntiva sin necesidad de estar en el ojo o abiertamente copulativa sin el menor atisbo de procacidad.

La solemos llamar i griega, aunque su valor de consonante aconsejó hace tiempo acuñar a su medida el término ye, pues una i, por muy griega que sea, sugiere siempre un nombre de vocal. Así figura en el DRAE desde 1869, y la voz «ye» tiene incluso su entrada propia desde 1884. El término no ha tenido, sin embargo, demasiada penetración en los hablantes de hoy, como muy bien certifica el propio Diccionario panhispánico de dudas de la RAE.

Pero, a lo largo del tiempo, la i griega ha recibido otros nombres más sugestivos e incomparablemente más elegantes: la «letra de Pitágoras», se la ha llamado o, forzando aún más la metáfora, el «árbol de Samos», por ser esta isla la patria del filósofo. Los motivos de esta curiosa denominación no están claros. Aducen algunos razones que discurren entre lo mítico y lo filológico. Así, en el Diccionario de autoridades de 1739, se nos ofrece esta explicación:

"Llámase la Y letra de Pythágoras, porque se supone que este Philósopho la añadió al Alphabéto Griego, tomando su figura de la que forman al volar las Grullas."

Otros apuntan motivos morales o filosóficos y sostienen que la Y, con su tramo vertical y sus brazos abiertos al aire en perpetua dicotomía, constituye la metáfora tipográfica perfecta de la vida humana. Según la filosofía pitagórica, todos los hombres se comportarían de modo similar en la infancia, pero, al iniciarse la edad adulta, la vida nos ofrece disyuntivas ante las que es preciso elegir un camino u otro. Y así empiezan a diferenciarse las vidas de los seres humanos: unos optan por el sendero del esfuerzo y la virtud, y otros por la senda fácil que conduce al abismo de los vicios. Todo un tratado de moral escrito con una sola letra.
Por último, hay también una interpretación geométrica para entender la Y como «letra de Pitágoras»: la demostración clásica del famoso teorema (el cuadrado de la hipotenusa equivale a la suma de los cuadrados de los catetos) adopta gráficamente el aspecto de una i griega. Una explicación sencilla que a mí se me antoja bastante convincente.

Sea como fuere, pocas letras hay tan bien aprovechadas en el mundo de las ciencias como la i griega. En matemáticas la usamos para referirnos al eje cartesiano de las ordenadas o para nombrar nuestra ignorancia cuando es tan grande que ya no nos basta sólo con la x para designar nuestras incógnitas. La Y es también el modo de simbolizar la antena en los esquemas eléctricos. En química es el símbolo del elemento itrio y la forma más abreviada del aminoácido proteico tirosina. En biología llamamos Y tanto al cromosoma sexual masculino como al bacilo disentérico de His-Russell o de Frexnel (Shigella frexneri), y es también una Y el modo en que solemos esquematizar las inmunoglobulinas cuando uno pretende ser didáctico. En la anatomía de algunos crustáceos, se llaman «órgano Y» a un par de glándulas endocrinas, de localización cefálica, que son las encargadas de controlar la muda del caparazón quitinoso de estos artrópodos. Y hasta en nuestra propia anatomía, ya desde los tiempos de Rufo de Éfeso, el hueso hioides recibía precisamente este nombre (en griego: hyoeidés ostoûn, «hueso en forma de ípsilon» o «hueso ipsiloideo») por su enorme parecido con la letra ípsilon minúscula (υ), antecesora griega de nuestra Y.

La i griega se usó también en la Edad Media para representar el valor numérico 150, que, con una simple raya por sombrero, pasaba a valer nada menos que 150 000. Y hoy nos bastaría cruzar el tramo vertical con dos trazos paralelos (¥), para que a la i griega se le vuelvan los ojos rasgados y se convierta en el símbolo monetario del yen. Por si eso fuera poco, antiguamente la Y fue también adverbio de lugar, para significar ‘allí’ (del latín ibi), función que todavía conserva en la lengua francesa. Desde luego, pocas letras hay en el alfabeto con una versatilidad tan proverbial.

Añadamos, para colmar el pasmo, una acepción más para la Y. Reconozco que ésta un tanto escatológica. Pido disculpas. En el Diccionario de las nobles artes, de Diego Antonio Rejón de Silva (Segovia, 1788), se explica respecto a la i griega que se usa en Madrid como sinónimo de letrina o retrete, y «dícese así porque los caños del conducto forman una Y en las reparticiones de cada quarto». Así pues, pasó de designar el sumidero en Y a designar, por extensión, la estancia completa. También lo recoge de este modo el famoso Diccionario Castellano con las voces de Ciencias y Artes, del insigne jesuita Esteban de Terreros y Pando, que, para la voz «letrina», propone la siguiente definición: “hoyo o sumidero que se hace en las casas para arrojar el excremento humano [...] o, como hoi le llaman en Madrid, I griega, por tener esa figura”.

Queda claro que, desde la más elevada moral pitagórica, simbolizada en el árbol de Samos, hasta la más inmunda cloaca madrileña, la i griega sigue presente en nuestra cultura lingüística y científica. Fue uno de los muchos dones griegos que nos trajo el mar. ¿Es preciso que renunciemos a ella? Deberían recordar nuestros amables académicos que si acomodan sus augustas posaderas en los sillones, mayúsculos o minúsculos, de la institución no es para convertir en ley sus veleidades personales sobre el idioma, sino para ser notarios escrupulosos y atentos del uso que el pueblo hace de la lengua. Una lengua viva que ha demostrado crecer mucho mejor en la promiscuidad de las esquinas que en las tribunas polvorientas de la erudición.

domingo, 17 de octubre de 2010

Colombia: el país donde los burros son sabios


Luis Soriano es un maestro que siembra cultura y dignidad en las pequeñas aldeas de Colombia. Con sus burros Alfa y Beto, transporta por veredas y campos una biblioteca de sorpresas y de imaginación a los niños que viven en los poblados más apartados de su país, allí donde ni las carreteras llegan.

Pero, en nuestra sociedad del bienestar y la informática, Luis Soriano es también una conciencia que, caminando al paso lento de los burros, nos recuerda a todos que se puede hacer cultura incluso con los más escasos medios.

Una invitación, necesaria y entusiasta, a la utopía es el ejemplo de este maestro-quijote que, en vez de lamentarse de los condicionantes socioeconómicos insalvables, se remanga y se pone manos a la obra.


Agradezco a Esther Briceño la referencia.

sábado, 16 de octubre de 2010

Sé todos los cuentos:


No sabría decir fácilmente cuál es mi poeta favorito. Pero sí podría enumerar una lista no muy larga de mis poemas favoritos. Éste es uno de ellos. Lo escribió un licenciado en farmacia que ejerció de farmacéutico en varios pueblos pequeños, viajó luego con una compañía de cómicos, fue condenado por un delito de desfalco, trabajó en Guinea Ecuatorial, cuando era colonia española, como administrador de un hospital y, finalmente vivió el exilio republicano en México y Estados Unidos. Se llamaba Felipe Camino Galicia de la Rosa, pero firmaba sus magníficos poemas como León Felipe.
Aquí va uno de los que más me gustan:


SÉ TODOS LOS CUENTOS
Yo no sé muchas cosas, es verdad.  
Digo tan sólo lo que he visto. 
Y he visto: 
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos, 
que los gritos de angustia del hombre los ahogan 
con cuentos, 
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, 
que los huesos del hombre los entierran con cuentos, 
y que el miedo del hombre… 
ha inventado todos los cuentos. 
Yo no sé muchas cosas, es verdad, 
pero me han dormido con todos los cuentos… 
y sé todos los cuentos.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Thoreau: la vida en los bosques



¡Las estrellas son los vértices de maravillosos triángulos! ¡Qué seres tan diferentes y distantes contemplan simultáneamente desde las numerosas mansiones del universo la misma estrella! La naturaleza y la vida humana son tan distintas como nuestras variadas constituciones. ¿Quién dirá cuál es la perspectiva que la vida ofrece a otros? ¿Podría ocurrirnos un milagro mayor que el de que podamos mirar a través de los ojos de otros? Deberíamos vivir por una hora en todas las edades del mundo; no: en todos los mundos de las edades.
(Henry David THOREAU, "Walden o la vida en los bosques")

H. D. Thoreau (1817-1862) fue un escritor y filósofo norteamericano, nacido en Concord, Massachusetts. Fue profesor en un colegio y se opuso abiertamente a los castigos corporales. En el verano de 1845 decidió marcharse a vivir al bosque, cerca de la laguna de Walden, en una cabaña que él mismo había construido. Vivió allí en completa soledad durante dos años, cultivando sus propios alimentos y feliz de encontrar muchas horas para leer, pensar y escribir. 
De esta experiencia nació su obra "Walden o la vida en los bosques". Se le considera el "inventor" de la desobediencia civil, pues pensaba que un gobierno no tiene más poder que el que los ciudadanos le otorgan. Su pensamiento ha tenido un eco importante en figuras como Tolstói, Martin Luther King y Mahatma Gandhi.

viernes, 20 de agosto de 2010

La luna, de Jaime Sabines



El poeta y ensayista mexicano Jaime Sabines lee su poema "La luna", cuyo texto transcribimos a continuación del vídeo.






La luna
Por Jaime Sabines
La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía
Un pedazo de luna en el bolsillo
es el mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama, 

para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir


Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.





Para saber más sobre Jaime Sabines:
En Wikipedia
Y en la web poética "A media voz"
(Gracias, Mandy, por la referencia)