¿Quién era Kircher?


ATHANASIUS KIRCHER fue un sabio jesuita alemán que representó el espíritu científico del siglo XVII. Nació en Geisa (Alemania) en 1602. Profesor de filosofía, matemáticas y lenguas orientales, se interesó por los más diversos temas del saber de su tiempo.

Fue el inventor de la linterna mágica, cartografió la Luna, las manchas solares y las corrientes marinas, ofreció hipótesis para interpretar la estructura interna de nuestro planeta, investigó el Vesubio descolgándose por su cráter, trató de descifrar los jeroglíficos egipcios, realizó experimentos de física y fisiología animal, observó la sangre al microscopio e inventó un sinnúmero de artilugios mecánicos.

Junto con Plinio, constituye el paradigma de la curiosidad científica y del gusto por el conocimiento, en cualquiera de sus formas.

sábado, 29 de junio de 2013

sábado, 22 de junio de 2013

"No semos naide", un artículo de Tomás Martín Tamayo



El artículo de Tomás habla de Leopoldo Calvo Sotelo, fallecido en 2008, fue varias veces ministro, vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez y presidente del Gobierno de 1981 a 1982. Más datos de su biografí aquí en Wikipedia.

El periodista Tomás Martín Tamayo aprovecha una anécdota de su vida, durante una breve visita que hizo el expresidente a Badajoz, para hacer una magnífica reflexión sobre la calidad humana de las personas que puede (o no) presistir tras el fugaz brillo de los cargos. Magnífico artículo que publica HOY, el diario extremeño, donde Tomás mantiene su columna "La calma del encinar"

                            NO SEMOS NAIDE
                                               Tomás Martín Tamayo
                                               

Seis años después de dejar la presidencia del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, a su paso por Badajoz para gestionar un asunto privado en Portugal, quiso visitar al alcalde. Sin previo aviso se presentó en el Ayuntamiento y en el antedespacho de Manolo Rojas, lo atendió una secretaria. Calvo Sotelo iba acompañado por un familiar con vínculos en Badajoz y, como buen circunspecto, explicó  brevemente  que deseaba saludar al alcalde. La secretaria, cogió bolígrafo y blog de notas: “¿De parte de quién?”. El familiar que acompañaba al ex presidente del Gobierno se adelantó: “¡Señorita, de parte de don Leopoldo Calvo Sotelo!”. La secretaria, sin inmutarse, mientras apuntaba el nombre, volvió a preguntar: “¿No tienen cita previa?” Calvo Sotelo había sido ministro de Comercio, de Obras Públicas, de Relaciones con la Comunidad Europea, vicepresidente y presidente del Gobierno, pero para la secretaria era simplemente un señor, otro más de los que querían ver a su jefe cada mañana. Debía ser muy joven o corta de memoria y el nombre del ocasional visitante no le decía nada.

 Después de esto sobran los argumentos para explicar lo efímero del poder, pese a que muchos, por ocupar un carguillo, creen que sus huellas son indelebles y que por los siglos de los siglos su paso por el mismo va a ser recordado como el descubrimiento de la penicilina. Para curar la infección de los necios, ególatras y soberbios, la mejor penicilina es el tiempo.  Hay personas que trascienden y que por su valía son requeridas para ocupar un cargo político. Cuando dejan el cargo siguen siendo lo que fueron porque brillaron por sí mismas y no por el cargo, pero lo habitual en política es que el político es sólo político y brilla lo que brilla el puesto. Si se apaga el carguillo se apagan ellos y vuelven a un anonimato que a duras penas soportan porque se creyeron algo y no fueron capaces de separar la lisonja del momento de su verdadera insignificancia personal. Evidentemente no era su caso, pero Leopoldo Calvo Sotelo lo sabía y con su retranca habitual, él mismo lo contó.

Un profesor de la Facultad de Derecho, comentaba en una entrevista que él suele sorprender a sus alumnos preguntando en los exámenes  cosas que nada tienen que ver con la disciplina que imparte en el aula. La última fue: “Escribe el nombre de los tres últimos alcaldes de tu pueblo”. Ante cuestión tan complicada, el 93% de los alumnos no supieron responder. Aseguraba que en lo referido a Badajoz y Cáceres la ignorancia alcanzaba cotas impensables porque más de la mitad de los cacereños  y badajocenses no acertaron ni a escribir correctamente el nombre de los regidores actuales… Al margen de la desinformación política de nuestros universitarios,  que sin duda se acrecentaría si preguntaran  en la facultades de ciencias,  esto es toda una lección para los que por ocupar un puesto acaban confundiendo valor y precio, sobredimensionando la insignificancia, sin aceptar la “insoportable levedad del ser”.

El mundo gira a su paso y no se acelera por la batuta de cuatro tipillos empeñados en hacer trascender su absoluta intrascendencia. Unamuno, siendo Unamuno, sólo aspiraba a “paz interior o nada”, pero los necios se empeñan en perpetuar su sombra. Su mala sombra.

lunes, 17 de junio de 2013

Leila Guerriero, Premio González Ruano 2012


La escritora y periodista argentina Leila Guerriero ha obtenido el Premio González Ruano de Periodismo para artículos de prensa publicados en 2012.
Reproducimos aquí el texto ganador:


EL BOVARISMO, DOS MUJERES Y UN PUEBLO DE LA PAMPA:

Vengo a decir lo que quizás no deba decirse. Vengo a decir que no he leído lo que escribieron, acerca de Gustave Flaubert y de sus criaturas literarias, autores como Jean-Paul Sartre, Guy de Maupassant, Charles Baudelaire, Marcel Proust, Émile Zola, Julio Ramón Ribeyro, Roland Barthes o Harold Bloom. Quizás sería más justo decir que he leído, pero que he olvidado, y que, en todo caso, no he vuelto a leer. 


Sea como fuere, eso no tiene importancia. 


En su ensayo de 1974, llamado La orgía perpetua, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, hablando de Madame Bovary, la novela que Flaubert publicó a mediados del siglo XIX, dice: “Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona”. 


De eso, entonces, vengo a hablar: de la suma de razones, y de la vida y la muerte de María Luisa Castillo.
Todo lo demás no tiene la menor importancia.

***
Era abril de 2012 y yo estaba en la Ciudad de México, hospedada en un barrio vagamente peligroso, en un hotel situado sobre una avenida por la que, me habían advertido, no debía caminar sola bajo ninguna circunstancia. Pero ahí estaba yo, que había caminado por la avenida – sola bajo toda circunstancia–, sentada sobre el muro de una gasolinera, esperando a una persona a la que iba a entrevistar. Era uno de esos atardeceres gélidos y tropicales de la Ciudad de México, con las bocinas raspando el cemento, y la luz del sol, enrojecida por la contaminación, reptando por las paredes de los edificios, cuando pensé: “Aquí estoy, una vez más lejos de casa, esperando a alguien que no conozco en una esquina que no volveré a ver jamás. Y esta es exactamente la vida que quiero tener”. 


Y porque sí, o porque ya nunca pienso en ella, o porque empezaba a pergeñar esto que leo, recordé, como del rayo, el rostro rubicundo, los dientes enormes, los aros de vieja, el pelo lacio, el aroma a pan y a perfume barato de María Luisa Castillo, que fue mi amiga y que, durante mucho tiempo, tuvo tres años más que yo. 


Entonces saqué un papel del bolso y empecé a tomar estas notas.
***
Sé, de Flaubert, lo que sabemos todos: cuarto nacido vivo después de tres que nacieron muertos, hijo de un médico y de una madre glacial, autor de Madame Bovary, padre de la novela moderna, gladiador del estilo indirecto libre, etcétera, etcétera, etcétera. No tengo nada que decir acerca de todas esas cosas. Pero si es cierto que Oscar Wilde, hablando del personaje de Balzac, dijo que “la muerte de Lucien de Rubempré es el gran drama de mi vida”, salvando las insalvabilísimas distancias yo podría decir que la vida y la muerte de Emma Bovary forman parte de lo que soy. O, para no parecer tan rimbombante, podría decir que me dejaron huella.
***
No era ni el mejor ni el peor de los tiempos. No era ni la mejor ni la peor de las ciudades. Eran los años setenta, era la infancia, era Junín, donde nací, 20.000 habitantes en una zona rica, agrícola, ganadera, a 250 kilómetros de Buenos Aires. Yo era hija de un ingeniero químico y de una maestra, y María Luisa Castillo era la hermana menor de un amigo de mi padre, un mecánico de automóviles llamado Carlos. El día en que la conocí yo tenía ocho años, ella once, y me pareció fea. Tenía la cara grande, alargada, las mejillas enrojecidas por un arrebol que yo asociaba con la gente pobre, y una ortodoncia brutal. Me dijo que no se llamaba Luisa, sino María Luisa, y yo pensé que ese era un nombre de persona vieja. 


Luisa era discreta, tímida, pacífica. Vivía en un barrio alejado, en una casa con piso de tierra, sin agua corriente ni cloacas. Dormía, con un hermano mayor y con sus padres, en un dormitorio separado del comedor y la cocina por un trozo de tela. A mí nunca me impresionó que fuera pobre, pero sí que sus padres fueran viejos. Los míos, que no llegaban a los treinta, me parecían arcaicos. De modo que la madre de Luisa, que tendría 55 y tres dientes, y su padre, un albañil ínfimo de más de 60, debieron impresionarme como dos seres al borde de la muerte. 


No sé en qué se iban las horas cuando estábamos juntas, pero sé que éramos inseparables. Yo tenía nueve años cuando le ofrecí mi juego de mesa favorito a cambio de que me enseñara cómo se hacían los bebés. Dijo que sí y, en el asiento trasero del auto de mis padres, la acosé a preguntas acerca de la rigidez y de la forma y de los agujeros, hasta que sollozó de vergüenza. Cuando terminamos, no le di nada: ni mi juego ni, me imagino, las gracias. No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.
(Tomado de El Malpensante)
Artículos de Leila Guerriero en EL PAÍS

jueves, 13 de junio de 2013

El perro: una parábola sobre la educación




Un hombre se esforzaba cada día de administrar aceite de hígado de bacalao a su perro, porque le habían dicho que eso era bueno para los perros. Cada día sujetaba fuertemente entre las rodillas la cabeza del animal y, entre forcejeos, le obligaba a abrir la boca y a tragar una buena cucharada sopera de aquel remedio.


Un día el perro consiguió soltarse y el aceite fue a parar al suelo. Entonces, ante el asombro de su dueño, el perro lamió el aceite derramado con mucha tranquilidad y dio luego un par de golosos lengüetazos a la cuchara. Fue entonces cuando aquel hombre entendió que lo que el perro rechazaba no era el aceite, sino el modo de administrárselo.


(Cuento taoista)

viernes, 7 de junio de 2013

Entrevista a José Mujica, presidente de Uruguay


Lúcidas reflexiones las de este líder político uruguayo (de origen vasco), que usa gestos sencillos y palabras sencillas y vive con sobriedad en una chacra.
¿No podría venir este hombre a dar un curso de honestidad política a nuestro país?
La entrada está dedicada a la hermana María Javier, que trabaja con la gente sencilla en Misiones (Argentina) y que es también una luchadora convencida de otros mundos posibles. Con el deseo de que su convalecencia sea corta y tan productiva como la de san Ignacio.